Ella.

julio 27, 2016

Ella era una chica risueña, cariñosa, dulce, a veces un poco despistada. Estaba en su mundo, decían. Podías verla tirada en el césped fumándose un cigarro y, si le preguntabas por qué lo hacía, te contaba que el humo tenía forma de flores. Sí, le gustaban las flores. Su flor favorita era la margarita. Se llenaba el pelo de margaritas y por un momento se sentía la flor más fragante de todo el jardín. 

Tenía un cabello larguísimo, también. Decían que había sido cuidado por la mismísima Venus, diosa de la belleza, y que era envidiado por las otras diosas del Olimpo. Claro que era bella. Era bellísima. Tenía la piel pálida con muchos lunares inexplorados, sus manos eran suaves, su voz, a veces ronca, era como un cántico espiritual cuando recitaba poemas. Su cara pareciera haber sido pintada por algún artista del Renacimiento, con aquella tez blanca acompañada de unos labios carnosos y rojizos, que estaban en perfecta armonía con sus ojos verdes. Eran verdes como dos aceitunas. Como los olivos en verano. Como los bosques, llenos de vida hasta el último rincón. Si la mirabas de cerca, podías observar la pasión en sus ojos. Podías descubrir las profundidades de su alma hasta recorrer todo su cuerpo. 

¿Y su cuerpo? Era magestuoso, hasta el último centímetro. Había quien quería perderse por aquellas curvas. Ella ya estaba perdida entre un millón de sueños. Sí, tenía sueños. Nadie sabía qué había dentro de ella, pero tenía algo que dejaba huella a aquellos que tocaba. Su aura, quizá. O tal vez era esa forma de mirar las estrellas. Le encantaban las estrellas. Se podía pasar noches enteras observando a los astros muertos, perdidos en el cielo. 

Decía que quería subir a la Luna, pero que antes tenía que recorrerse cada lugar de la Tierra. Le deleitaba la idea de viajar. Tenía ansias por descubrir, por aprender, por abrirse más y más, por vivir un millón de vidas y vivirlas todas en su interior.

Nadie sabía lo que había dentro de ella, aunque era transparente y cristalina como el agua. Como el rocío de la mañana. Era un soplo de brisa fresca que se colaba de vez en cuando por los pensamientos. Pero ella, ella sí lo sabía. Sabía cada fugaz idea, deseo o ilusión que le sacudía. 

Dentro de ella había todo un universo con sus propias estrellas y galaxias. Había un jardín rebosante de margaritas. Había todo un Olimpo lleno de divinidades. 

"Se le nota en la voz, por dentro es de colores", cantaba un viejo grupo que a ella le gustaba. Y tan de colores era, que el humo que entraba en sus pulmones salía convertido en flores.

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2 comentarios

  1. ¡Qué bueno! y ya para rematar citas a Extremoduro, muy bueno, sigue disfrutando de la escritura, se nota que lo vives y lo disfrutas, ¡felicidades!

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    1. ¡Muchísimas gracias! Palabras como las tuyas siempre me animan a seguir aprendiendo y disfrutando. Y sí, es uno de mis grupos favoritos jajaja. Un saludo♡♡♡

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